Outsiders
Eran las once y media de la noche de un sábado más. La oscuridad, la lluvia, un parque de una gran ciudad, Juan y su cucharilla calentada al fuego, inexorablemente lento, de un mechero, en mitad del cemento mojado de la cancha de fútbol. Durante todo el preparativo usual, Juan se acordó de hace tan sólo dos noches en las urgencias del hospital, cómo sostenía el brazo inerte de Paola, cómo no había expresión en su mirada y cómo los batas blancas se doblaban ante ella, para luego inquirirle a él qué había tomado. Al día siguiente, esto es, ayer, la enterraron para siempre, y al día siguiente, esto es, ahora, él repetía el peligroso hábito mortal, la única cosa que le proporcionaba un poco de placer, entre las muecas de desaprobación de la gente. Su receta para olvidar. Se chutó y al dirigir su espalda hacía el suelo, sintiendo esa mezcla de placer e incertidumbre correr por sus venas, vio un balón parado no muy lejos de él. Pensó ¿por qué no? Se enderezo y comenzó a jugar: primero los pies, luego el pecho, algún toque de cabeza. Recordó la adolescencia en esa misma cancha entrenando entre semana con su equipo y jugando la liga los fines de semana. Él era un punta nato, se escurría entre las piernas de los defensores y los rompía con sus golpes de cintura, para luego rematar sobre el marco. Y en ese momento, henchido por el recuerdo triunfal, se colocó el esférico botando junto a su pierna diestra y propinó un fuerte chut al balón que salió rumbo a la portería...
Carlos era lo que llaman un panchito, un peruano emigrado de Lima que vino a Europa tras terminar sus estudios de derecho, en busca de una oportunidad. Esta noche había quedado con los chicos para tomar y después irían a una discoteca que abría precisamente hoy. Tras más de un litro de cerveza por persona y hora, pronto se acabó el suministro, por lo que se dirigieron al local. Aquellos que iban con Carlos, no sus amigos, pues éstos habían quedado todos en ultramar. Aquellos entraron sin problemas, pero a Carlos le pusieron trabas por su indumentaria, su calzado, el libro de Schopenhauer que sostenía en su mano derecha, y en definitiva por su evidente estado de embriaguez. Carlos objetó y objetó con la lengua trabada, con la suficiente maña de eludir la paliza de los puertas. Se metió el libro bajo la chompa para evitar que se mojase más y se dirigió sólo, de nuevo, al parque en el que hasta hace unos instantes habían estado tomando tan animadamente. Se preguntó si sus camaradas se acordarían de él desde dentro de la disco. Se preguntó si Nicolle se acordaría alguna vez de él. En definitiva, se preguntó y se torturó con la idea de no ser nada para nadie aquí, el que la gente que le importaba estuviera tan lejos y el maldito master y el trabajo mal pagado le embrutecieran aún un poquito más. Siguió caminando absorto en su mundo, vio la portería del campo de fútbol y recordó el equipo de la universidad del que él era un destacado miembro, un lince bajo los palos. Levantó la vista y se arrojó a por el balón de reglamento antes que éste cruzase la raya y le incoasen un tanto...
A Alberto nunca le dejaban salir hasta más de las once, pero esta noche había decidido que no quería ser un mueble más en el salón de sus padres. Ya tenía 33 años y, es cierto, síndrome de down. Esta noche se vistió de largo y se encaminó hasta el portal de Marta con el objeto de declararle su amor. Esa pasión que había ido alimentando desde hacía tres años, cuando ella entró de monitora en su centro especial. Tenía todo muy bien estudiado: la pajarita, los zapatos limpios pese a la lluvia, las flores y los bombones, y sobre todo la frase “Marta, te quiero”. Llamó varias veces al portero automático sin respuesta y cuando una vecina se dirigió al portal, él dijo emocionado “vengo a ver a Marta” y así llegó hasta el dintel en el tercer piso, y llamó al timbre y volvió a llamar, terminó por convencerse decepcionado que Marta no estaba en casa. Empezó a bajar las escaleras y pensó que no quería volver a su casa, así que se asomó a la ventana del rellano del segundo para ver en la cancha dos figuras jugando fútbol. No lo pensó más y jovial terminó de bajar los tramos de escaleras, olvidó momentáneamente a Marta y al pisar el cemento del campo le dijo al portero “Eh, pásamela, pásamela” y con el balón en sus pies soñó que estaba jugando el partido de los miércoles con los chicos de su centro de discapacitados mentales, o lilas como su primo los llamaba...
Robe y Carla eran una pareja de lujo, esto es, robaban coches de lujo. Luego los conducían raudos hasta descampados donde hacían salvajemente el amor sobre las impolutas tapicerías de los ricos, para finalmente venderlos en el reluciente mercado negro de vehículos sustraídos. Hasta que una noche cuando conducían un mercedes descapotable, se les interpuso la policía. Carla mató a uno de los agentes con su colt plateada y, merced a los refuerzos, ambos fueron heridos, detenidos y conducidos al calabozo. La cosa no fue mal del todo para Robe, pero su chica paga treinta años por homicidio intencionado. Un vis a vis una vez al mes y muchas horas de locura para ambos. Es más, esta noche que nos ocupa, está muy lejos de la libertad de Carla, y Robe baja al barrio con la idea de partirle las piernas a algún gilipollas entre la lluvia y olvidarse de su mala estrella, aunque sólo sea un efímero rato. Cuando pasa por el parque le llega una voz “Oye, ¿juegas con nosotros?”, “No me interesa el fútbol” se oye decir casi amablemente, y la réplica instantánea y repleta de aspavientos “Venga, juega, venga”, “¡Qué no, coño, cómo tengo que decirlo!” y se dirige a partirle las piernas a este subnormal, quien le tira el balón “Vamos, ya estás jugando”. Robe le pega tal patada al cuero que instantáneamente se siente mejor...
Yo desde mi terraza, con mi tándem habitual (escocés y habano) contemplo toda la escena, veo la aguja tirada en el suelo, y los regates sobre ella, el libro de Schopenhauer aguardando un mañana, bajo una chompa negra, las cabriolas del guardameta. Las flores y los bombones mirando las gotas caer del cielo, la esperanza de los hombres sobre la cancha, la mala hostía vuelta generosidad en los pases de Robe y los minutos volverse deleite de aquellos que han sabido encontrarse para disfrutar un rato con los guiños de un balón...
elviejomaiky
Madrid 18.10.08