Erik Satie estaba loco. Un interminable ciempiés rellenaba su cabeza, imperturbable, latente, hibernando. Cuando llegó la época de bañador y refrescante sudor, el polípodo despertó de su letargo. “¡Mierda!” exclamó. “Esta guarida que me he buscado está pegajosa de sueños absurdos y fango articulado”. Y poniendo en marcha uno a uno sus remos laterales, el habitante craneal se precipitó al exterior con gran estropicio. Lo que allí encontró era aún peor...
Hoy estuve en una isla. Parecía desierta, me sentí como en casa. De hecho estaba en casa. Unos intrusos habían allanado mi morada, y sentí pánico, alegría de ver a alguien vivo; y también un profundo asco. Parecían no sentir mi presencia, no apreciar las incontables pruebas de mi existencia entre aquellos cuatro horizontes. Ilusiones, espejismos, la cruda realidad. Desvaríos de una mente seducida por esa sucesión de palabras, páginas encadenadas, llamada ‘cuento’. Lucidez pasajera de un espíritu sediento de mundos improbables, no tan alejados del nuestro, tangible. Palabras dando paso a más palabras, humo abriéndose hueco, una y otra vez, a través de los pliegues de un potencial pulmón canceroso. Invadiendo los pensamientos, creando nuevas obsesiones, o perpetuando las que siempre estuvieron a la sombra del aire que respiramos. Sentimientos volátiles, azarosos, temerosos de sí mismos, más que de un ser ajeno y vengativo; liberados en un instante, perdidos para siempre en una búsqueda sin comienzo ni fin. Al final nada es como debería. Salvo esa sonrisa sincera, amarga, vital: el dolor necesario para continuar aquí, representando el mismo papel ad infinitum.
Los intrusos siguen conmigo. Se han revelado parte de mí, por lo que me descubro como intruso en mi propio hogar. Absurdo concepto el de pertenencia, posesión, diferencia, comparación. Todos moriremos a causa de un fantasma inconsciente de su condición. Todos seremos, somos, fantasmas condenados al paraíso sin saberlo. Putrefactos pero alegres, como una trompeta magullada en una fanfarre. La invención de Morel lleva tiempo inventada. Esta noche dejaré que el liquido inunde mi lecho y me empape los pulmones, aunque luego despierte, una vez más, húmedo e hinchado, deslumbrado por una claridad homicida a ritmo frenético de woogie-boggie.
Me niego a empezar la frase por “Un año más...”. No significa nada, a parte de que de nuevo empieza un año más, o a lo sumo que un año más termina, se agota, agoniza y patalea al ritmo inexorable del reloj. Sonrisas de cartón, felicidad estándar distribuida en forma de felicitaciones repetidas hasta la saciedad. Felizañofelizañofelizañofelizaño. Te deseo un feliz año, y en el fondo me suda que seas feliz, que sea un nuevo año. Si de verdad deseara que todas las personas golpeadas por este mantra vacío fueran felices los próximos 365 días, con sus horas , minutos, y volátiles segundos, les miraría a los ojos, en silencio, y les abrazaría calurosamente, con suavidad, con firmeza, hasta sentir un suspiro aliviado por escapar al fin de esa cárcel de costillas. Después diría agradecido “Amigo, este va a ser otro año de mierda” con una franca sonrisa, sorda a la euforia generalizada. Eufórica esquizofrenia, calculada al dedillo para que todo salga bien en ese último segundo, que no es sino otro más en el infinito.
El último paquidermo al que seguirán dolorosamente muchos más. Lo ejecutaron bajo la atenta mirada de todo el planeta, o por lo menos de los que tenemos televisor. Acto seguido colgaron su cadáver junto a los demás desgraciados que algún día les tocó ser el último. La matanza continuará... el año que viene.
Se despertó sin motivo aparente. El despertador permanecía mudo, pero extrañamente la luz que, perezosa, se arrastraba por la cortina, murmuraba una hora demasiado avanzada. No. No. No. A partir de aquí esta sílaba fue el único pensamiento del Sr. Maldito, la única explicación a todo lo que le rodeaba, a su propia existencia. Existencia que debería haberse localizado en un tren no muy lejos de la otra punta de la apestosa ciudad, dada la hora que quedó finalmente comprobada en todos y cada uno de los relojes de la casa. No. No. No. Pero, desgraciadamente, sí. De nuevo empezaba una mañana frenética, en la que todo saldría bien justo al final, pero a la que le faltaba esa certidumbre de final (feliz o no) que transmiten desde el principio muchas películas. Desde el drama amoro-soso, hasta el terror más escatológico, esa certidumbre, ese conocimiento profundo de cómo terminará la historia, falsifica el resto de la trama. El caso del Sr. Maldito era, una vez más, un frágil castillo de supuestos al borde del derrumbe a cada instante. Y, una vez más, debería poner alerta todas sus facultades si no quería que la maldición acabara con el viaje, aún por empezar... Taxis, prisas, teléfonos, dinero, dinero, dinero, más prisas. Ventanilla saturada, larga espera, pero aún con prisas. De vez en cuando aparece un nuevo obstáculo. Impasible, acostumbrado a cualquier cosa, el Sr. Maldito sortea cada uno de los baches con soltura, pero sin poder quitarse esa tenaz incertidumbre que agita su cuerpo y su somnolienta cabeza. El sabor de la libertad condimentado con esa amarga maldición que lo condenó un día a no disfrutar de un solo viaje tranquilo, predecible, simple, y, más o menos, acorde con lo planeado. Quizás no sepa el Sr. Maldito que la maldición es él mismo.
Olvidé mirar con calma a los ojos de mi amigo.
¡Qué grato reencontrarme con ese universo bajo mi cama!
Infelices aquellos que no se toman el tiempo de pasear por el.